"Comprendí el inconcebible misterio – el de Solano López – de un alma sin freno, sin fe, sin ley, sin miedo, y que sin embargo luchaba ciegamente consigo mismo más allá de los límites humanos. Luchó hasta el último aliento para evitar su caída en la degradación extrema de la cobardía o el miedo."
El
destierro mató en mí al hombre de cine. Ocurrió esto cuando se proyectó y hubo
de realizarse, a medias, el filme sobre Solano López y Madama Elisa Lynch, que
llegó a ser la virtual emperatriz del Paraguay. Uno de los grandes temas épicos
del Paraguay y de América del Sur. Donde la mujer es siempre el personaje
principal detrás de algún gran hombre; a veces al lado y en muchos casos hasta
llevándole la delantera.
El guión
inicial fue escrito por mí. Traté de relatar en él, con el mayor rigor y
fidelidad posibles, la historia de estos personajes, ponerlos a la altura del
rol histórico que desempeñaron en el martirologio de un pueblo. Al escribir ese
libreto, no más importante como libreto que el de una ópera cualquiera, sentí
en todo mi ser, sin poder evitarlo, el tremendo poder de los mitos de una raza,
amasados con la sangre y el sacrificio de un pueblo mártir. Experimenté el
estremecimiento de una revelación que anula de golpe todas nuestras dudas e
incredulidades. Comprendí el inconcebible misterio – el de Solano López – de un
alma sin freno, sin fe, sin ley, sin miedo, y que sin embargo luchaba
ciegamente consigo mismo más allá de los límites humanos. Luchó hasta el último
aliento para evitar su caída en la degradación extrema de la cobardía o el
miedo.
Ese
miedo y esa cobardía le llegaron al final. El superhombre, el semidiós, huyo
como el más común y timorato de los mortales. Huyó como un ciervo, herido en el
vientre por la lanza de un corneta de órdenes. El gran hombre lanzó su
cabalgadura a todo galope en dirección al río. Los intestinos desplegándose en
el aire formaban una estela sanguinolenta en la erizada carrera. El caballo
desbocado se detuvo de golpe ante las barrancas, volteó al huyente mariscal que
rodó hasta caer de bruces en el fangoso arroyo. Logró girar aun hasta ponerse
de costado enfrentando a sus perseguidores. Estos se detuvieron atónitos al
borde del barranco. El sol de la mañana arrancó destellos cegadores al corvo
espadín que se alzó desde el barro en el temblor del puño moribundo, y de la
boca brotó, entre espumarajos de sangre, el clamor que estremeció las selvas.
El
mariscal estaba muerto. Tres veces muerto, por la colosal derrota, por la
irrisoria lanza del corneta de órdenes enemigo, por la asfixia del ahogamiento
en las aguas del manso arroyuelo que se encrespó y empezó a rugir como un
torrente de lava.
Al llegar a la crucifixión de Solano López por
las huestes brasileñas, sentí que esas lanzas despertaban en mí la capacidad
del furor continuo y de rabiosa ulceración que llevó a aquel hombre de energía
sobrehumana a sobrepasar todos los excesos de una guerra terrible e inútil. Y
sin embargo esa derrota final e infamante era la afirmación de un heroísmo
singular; era sin tapujos, una victoria moral (si puede hablarse de moral en la
barbarie de las guerras, cualesquiera sean sus causas y objetivos por sagrados
que se proclamen).
Solano
López obtuvo con su muerte y el exterminio de su pueblo un triunfo
incalculablemente mayor que el de los vencedores; un triunfo logrado al precio
de innumerables derrotas, de terrores abominables, de un orgullo abominable, de
un abominable holocausto. La noche de su asesinato, las mujeres sobrevivientes
del campamento fueron violadas por la soldadesca enemiga. Noche de alaridos, de
espantosas escenas, de crueldades y sevicias inenarrables al resplandor
vacilante de las fogatas. La ebriedad de la victoria celebró el obsceno
aquelarre en el anfiteatro de Cerro-Corá, ante el cadáver del mariscal clavado
en una cruz de ramas.
Las
mujeres desnudas y espectrales vagaban por el monte masticando raíces y gordos
gusanos silvestres, bebían en los arroyos. Fueron reconstituyendo poco a poco
el éxodo en una peregrinación al revés, bordeando los acantilados, vadeando
los ríos y los torrentes, sin más
brújula que los brotes migratorios que volaban hacia el sur. Peregrinaban
atadas a la ruta del sol. Por las noches, se tumbaban bajo los árboles,
turnándose por grupos en la guardia del errante campamento. Cazaban en las
selvas alimañas silvestres y se refugiaban a dormir en las cavernas. La rabia y
el furor brillaban en los ojos desde el fondo de las cuencas excavadas en las
caras acalaveradas.
A lo
largo del camino interminable y sin rumbo iban recogiendo las armas
abandonadas, cargaban las cajas de proyectiles y formaron sin ninguna idea
preconcebida, sólo por instinto de autodefensa, un batallón que fue creciendo hasta
formar un ejército redivivo de mujeres hirsutas, hambrientas y, feroces, a las
que estaba reservada una nueva guerra, más despiadada aun que la anterior. Esas
fueron las últimas y terribles amazonas del Paraguay.
Solano
estaba ahí clavado en la cruz de ramas mal descortezadas, como el Cristo del
retablo de Grünewald. Más trágico aun que en aquella espantosa representación.
Solano estaba ahí desnudo, emasculado, monstruosamente deforme, la lanza
atravesada en el costado. Estaba ahí, negro de moscas y avispas que libaban en
las bocas tumefactas de las heridas la vejación del pus. La última iniquidad de
los vencedores se cifraba en esa insignificante y miserable enormidad.
"Ahí estaba, sacrificado y muerto, el hombre que no supo redimir ni salvar a su pueblo. Un redentor asesinado. El símbolo hecho carne. Una basura triunfal de su propia nada. La res ex humana pendiente de la cruz de troncos no era la carroña del Dios hecho hombre pintada por el genio de Grünewald con las tinieblas de su propia alma. Ahí estaba el Cristo de Cerro-Corá"
En
cierto modo, era la realización del vaticinio obsecuente del padre Fidel Maíz,
fiscal de los tribunales de sangre y capellán mayor del ejército de López. En la
famosa homilía-arenga, Maíz había ensalzado al jefe supremo llamándole el
Cristo paraguayo. Los enemigos, sin saberlo, no habían hecho más que cumplir la
profecía del cura fiscal.
Ahí estaba, sacrificado y muerto, el hombre que
no supo redimir ni salvar a su pueblo. Un redentor asesinado. El símbolo hecho
carne. Una basura triunfal de su propia nada. La res ex humana pendiente de la
cruz de troncos no era la carroña del Dios hecho hombre pintada por el genio de
Grünewald con las tinieblas de su propia alma. Ahí estaba el Cristo de
Cerro-Corá, sin aureola, sin nimbo, sin la enmarañada corona de espinas, el
cuerpo sembrado de bocas purulentas cuyos grumos oscuros no servían ya mesmo
sino pa juntar moscas, dijo el sargento que contaba la historia en el último
vivac.
La
tosca cruz se hallaba plantada a flor de tierra en el centro del anfiteatro de
Cerro-Corá, rodeada de fogatas cuyos carbones brillaban aun incandescentes
despidiendo tenues rizos de humo azulado. El resto del mundo se escapaba en
esas volutas con los restos de mi alma. Yo contemplaba hacia lo alto del Gólgota
montañoso, pero veía el cuerpo crucificado como en lo hondo de un precipicio
que ningún sol de justicia iba a iluminar jamás. Estaba ahí ese cuerpo
crucificado para el que no había ninguna resurrección posible en toda la
eternidad.
Me
acerqué a la cruz como en la oscuridad y en el silencio de un templo
incendiado. Miré fijamente los ojos inyectados de sangre, vidriosos por la
muerte, la enmarañada barba moteada de grumos rojos, coagulo del último vómito
de la agonía, la boca abierta, la mandíbula desquijarada, colgando sobre el
pecho. Pequeños trozos del uniforme militar se hallaban pegoteados en las
placas de pus por todo atavío sobre la desnudez tumefacta.
Ahí
estaba el semidiós de un pueblo convertido e la ignominia de su podredumbre. Lo
apostrofé en un estremecimiento de todo mi ser: ¡Has vencido al azar mediante
una locura desaforada! … ¿Era necesario este espantoso delirio? … ¿Para qué? …
Nadie lo sabe… Nadie podrá responder por ti… Estás aislado de la humanidad… del
tiempo… de la vida… Has muerto con tu patria… No exhalaste estas palabras con
tu último aliento. No las profirieron los profetas ni las escribieron los
historiadores. Los hechos hablaron por tu boca llena del barro sangriento del
enfurecido arroyuelo. Tu tierra ha desaparecido… Ya no tienes un sitio donde
reposar… No lo tienes más ni siquiera en el corazón de tu raza que ha
desaparecido contigo…
El
bosque se erguía espectralmente a la luz de la luna. La inmensa extensión
salvaje, el cuerpo colosal de la vida fecunda y misteriosa parecía contemplar
impasible el espectáculo de la muerte de un hombre amarrado a la cruz. Desde
sus profundidades surgió de repente una lamentación trémula y prolongada de
lúgubre miedo, de extrema desesperación, acaso como la que va a surgir tras la
desaparición de los últimos sobrevivientes sobre la tierra. Cesó el fúnebre
réquiem. El silencio volvió a pesar como una losa inmensa sobre la espesura.
La
campana del pájaro de la muerte dobló en el monte…
*Extracto de la obra “El Fiscal”, de Augusto Roa Bastos, de la Editorial El Lector, de la página 30 a la 33.
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