viernes, 17 de abril de 2015

EL CRISTO DE CERRO-CORÁ

"Comprendí el inconcebible misterio – el de Solano López – de un alma sin freno, sin fe, sin ley, sin miedo, y que sin embargo luchaba ciegamente consigo mismo más allá de los límites humanos. Luchó hasta el último aliento para evitar su caída en la degradación extrema de la cobardía o el miedo." 
El destierro mató en mí al hombre de cine. Ocurrió esto cuando se proyectó y hubo de realizarse, a medias, el filme sobre Solano López y Madama Elisa Lynch, que llegó a ser la virtual emperatriz del Paraguay. Uno de los grandes temas épicos del Paraguay y de América del Sur. Donde la mujer es siempre el personaje principal detrás de algún gran hombre; a veces al lado y en muchos casos hasta llevándole la delantera.
El guión inicial fue escrito por mí. Traté de relatar en él, con el mayor rigor y fidelidad posibles, la historia de estos personajes, ponerlos a la altura del rol histórico que desempeñaron en el martirologio de un pueblo. Al escribir ese libreto, no más importante como libreto que el de una ópera cualquiera, sentí en todo mi ser, sin poder evitarlo, el tremendo poder de los mitos de una raza, amasados con la sangre y el sacrificio de un pueblo mártir. Experimenté el estremecimiento de una revelación que anula de golpe todas nuestras dudas e incredulidades. Comprendí el inconcebible misterio – el de Solano López – de un alma sin freno, sin fe, sin ley, sin miedo, y que sin embargo luchaba ciegamente consigo mismo más allá de los límites humanos. Luchó hasta el último aliento para evitar su caída en la degradación extrema de la cobardía o el miedo.
Ese miedo y esa cobardía le llegaron al final. El superhombre, el semidiós, huyo como el más común y timorato de los mortales. Huyó como un ciervo, herido en el vientre por la lanza de un corneta de órdenes. El gran hombre lanzó su cabalgadura a todo galope en dirección al río. Los intestinos desplegándose en el aire formaban una estela sanguinolenta en la erizada carrera. El caballo desbocado se detuvo de golpe ante las barrancas, volteó al huyente mariscal que rodó hasta caer de bruces en el fangoso arroyo. Logró girar aun hasta ponerse de costado enfrentando a sus perseguidores. Estos se detuvieron atónitos al borde del barranco. El sol de la mañana arrancó destellos cegadores al corvo espadín que se alzó desde el barro en el temblor del puño moribundo, y de la boca brotó, entre espumarajos de sangre, el clamor que estremeció las selvas.
El mariscal estaba muerto. Tres veces muerto, por la colosal derrota, por la irrisoria lanza del corneta de órdenes enemigo, por la asfixia del ahogamiento en las aguas del manso arroyuelo que se encrespó y empezó a rugir como un torrente de lava.
Al  llegar a la crucifixión de Solano López por las huestes brasileñas, sentí que esas lanzas despertaban en mí la capacidad del furor continuo y de rabiosa ulceración que llevó a aquel hombre de energía sobrehumana a sobrepasar todos los excesos de una guerra terrible e inútil. Y sin embargo esa derrota final e infamante era la afirmación de un heroísmo singular; era sin tapujos, una victoria moral (si puede hablarse de moral en la barbarie de las guerras, cualesquiera sean sus causas y objetivos por sagrados que se proclamen).
Solano López obtuvo con su muerte y el exterminio de su pueblo un triunfo incalculablemente mayor que el de los vencedores; un triunfo logrado al precio de innumerables derrotas, de terrores abominables, de un orgullo abominable, de un abominable holocausto. La noche de su asesinato, las mujeres sobrevivientes del campamento fueron violadas por la soldadesca enemiga. Noche de alaridos, de espantosas escenas, de crueldades y sevicias inenarrables al resplandor vacilante de las fogatas. La ebriedad de la victoria celebró el obsceno aquelarre en el anfiteatro de Cerro-Corá, ante el cadáver del mariscal clavado en una cruz de ramas.
Las mujeres desnudas y espectrales vagaban por el monte masticando raíces y gordos gusanos silvestres, bebían en los arroyos. Fueron reconstituyendo poco a poco el éxodo en una peregrinación al revés, bordeando los acantilados, vadeando los  ríos y los torrentes, sin más brújula que los brotes migratorios que volaban hacia el sur. Peregrinaban atadas a la ruta del sol. Por las noches, se tumbaban bajo los árboles, turnándose por grupos en la guardia del errante campamento. Cazaban en las selvas alimañas silvestres y se refugiaban a dormir en las cavernas. La rabia y el furor brillaban en los ojos desde el fondo de las cuencas excavadas en las caras acalaveradas.
A lo largo del camino interminable y sin rumbo iban recogiendo las armas abandonadas, cargaban las cajas de proyectiles y formaron sin ninguna idea preconcebida, sólo por instinto de autodefensa, un batallón que fue creciendo hasta formar un ejército redivivo de mujeres hirsutas, hambrientas y, feroces, a las que estaba reservada una nueva guerra, más despiadada aun que la anterior. Esas fueron las últimas y terribles amazonas del Paraguay.
Solano estaba ahí clavado en la cruz de ramas mal descortezadas, como el Cristo del retablo de Grünewald. Más trágico aun que en aquella espantosa representación. Solano estaba ahí desnudo, emasculado, monstruosamente deforme, la lanza atravesada en el costado. Estaba ahí, negro de moscas y avispas que libaban en las bocas tumefactas de las heridas la vejación del pus. La última iniquidad de los vencedores se cifraba en esa insignificante y miserable enormidad.
"Ahí  estaba, sacrificado y muerto, el hombre que no supo redimir ni salvar a su pueblo. Un redentor asesinado. El símbolo hecho carne. Una basura triunfal de su propia nada. La res ex humana pendiente de la cruz de troncos no era la carroña del Dios hecho hombre pintada por el genio de Grünewald con las tinieblas de su propia alma. Ahí estaba el Cristo de Cerro-Corá"
En cierto modo, era la realización del vaticinio obsecuente del padre Fidel Maíz, fiscal de los tribunales de sangre y capellán mayor del ejército de López. En la famosa homilía-arenga, Maíz había ensalzado al jefe supremo llamándole el Cristo paraguayo. Los enemigos, sin saberlo, no habían hecho más que cumplir la profecía del cura fiscal.
Ahí  estaba, sacrificado y muerto, el hombre que no supo redimir ni salvar a su pueblo. Un redentor asesinado. El símbolo hecho carne. Una basura triunfal de su propia nada. La res ex humana pendiente de la cruz de troncos no era la carroña del Dios hecho hombre pintada por el genio de Grünewald con las tinieblas de su propia alma. Ahí estaba el Cristo de Cerro-Corá, sin aureola, sin nimbo, sin la enmarañada corona de espinas, el cuerpo sembrado de bocas purulentas cuyos grumos oscuros no servían ya mesmo sino pa juntar moscas, dijo el sargento que contaba la historia en el último vivac.
La tosca cruz se hallaba plantada a flor de tierra en el centro del anfiteatro de Cerro-Corá, rodeada de fogatas cuyos carbones brillaban aun incandescentes despidiendo tenues rizos de humo azulado. El resto del mundo se escapaba en esas volutas con los restos de mi alma. Yo contemplaba hacia lo alto del Gólgota montañoso, pero veía el cuerpo crucificado como en lo hondo de un precipicio que ningún sol de justicia iba a iluminar jamás. Estaba ahí ese cuerpo crucificado para el que no había ninguna resurrección posible en toda la eternidad.
Me acerqué a la cruz como en la oscuridad y en el silencio de un templo incendiado. Miré fijamente los ojos inyectados de sangre, vidriosos por la muerte, la enmarañada barba moteada de grumos rojos, coagulo del último vómito de la agonía, la boca abierta, la mandíbula desquijarada, colgando sobre el pecho. Pequeños trozos del uniforme militar se hallaban pegoteados en las placas de pus por todo atavío sobre la desnudez tumefacta.
Ahí estaba el semidiós de un pueblo convertido e la ignominia de su podredumbre. Lo apostrofé en un estremecimiento de todo mi ser: ¡Has vencido al azar mediante una locura desaforada! … ¿Era necesario este espantoso delirio? … ¿Para qué? … Nadie lo sabe… Nadie podrá responder por ti… Estás aislado de la humanidad… del tiempo… de la vida… Has muerto con tu patria… No exhalaste estas palabras con tu último aliento. No las profirieron los profetas ni las escribieron los historiadores. Los hechos hablaron por tu boca llena del barro sangriento del enfurecido arroyuelo. Tu tierra ha desaparecido… Ya no tienes un sitio donde reposar… No lo tienes más ni siquiera en el corazón de tu raza que ha desaparecido contigo…
El bosque se erguía espectralmente a la luz de la luna. La inmensa extensión salvaje, el cuerpo colosal de la vida fecunda y misteriosa parecía contemplar impasible el espectáculo de la muerte de un hombre amarrado a la cruz. Desde sus profundidades surgió de repente una lamentación trémula y prolongada de lúgubre miedo, de extrema desesperación, acaso como la que va a surgir tras la desaparición de los últimos sobrevivientes sobre la tierra. Cesó el fúnebre réquiem. El silencio volvió a pesar como una losa inmensa sobre la espesura.
La campana del pájaro de la muerte dobló en el monte…

*Extracto de la obra “El Fiscal”, de Augusto Roa Bastos, de la Editorial El Lector, de la página 30 a la 33.

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